lunes, 27 de abril de 2009

Love Story & Viva La Vida

Esto es lo que pasa cuando se juntan dos grandes músicos...



Nada mejor para empezar el día con energía :)

viernes, 24 de abril de 2009

Tiempos de crisis

Solo cuando el último árbol haya sido talado, el último río envenenado y el último pez capturado, nos daremos cuenta de que el dinero no se puede comer...



martes, 21 de abril de 2009

Indignada sin perder la esperanza...

Hace relativamente poco salió un reportaje en El País Semanal que hablaba de la nueva generación de jóvenes sin armario, es decir, homosexuales con las "puertas" ya abiertas gracias a una sociedad cada vez más tolerante. Me gustó el reportaje, me sentí aliviada. Poco a poco, pasito a pasito, desaparecen puertas, se abren mentes... Siempre me he sentido parte de esta lucha constante, estoy comprometida con ella y aporto, siempre que puedo, mi granito de arena. Yo me siento afortunada, vivo como quiero vivir en un país donde legalmente se me reconocen todos mis derechos. Soy afortunada también por poder ser enteramente YO en mi día a día, sin tapujos ni mentiras. Sí, soy afortunada, aunque no siempre fue tan fácil. Ojalá todo el mundo tuviera lo que tengo yo, ojala todo el mundo pudiera elegir. Sin embargo, no es así. Y para ser consciente de la inmensa suerte que tengo no es necesario que me vaya muy lejos; aún queda mucho camino por recorrer. Hoy me he topado con una carta escrita por un chico que ahora tiene 25 años, cuatro más que yo, donde relata su infancia y adolescente en el seno de una familia del Opus Dei. Lo triste y terrible es que no es un caso aislado, pero lo bueno y esperanzador es que hoy tiene la libertad de contarlo y vivir como quiere hacerlo.

(...)Nací en la primavera de 1984 en una familia tradicional y muy religiosa (a Rouco se le caería la baba). Mi padre era el hombre más feliz del mundo porque Dios había escuchado sus oraciones y le había regalado un hijo varón. Aunque a algunos les pueda parecer extraño, para mis padres, yo era un regalo de Dios. Cuando tenía 4 meses, mis padres viajaron al Vaticano para que Juan Pablo II me bendijese. El Papa me cogió en sus brazos y me bendijo. Todavía ahora, cuando voy a casa de mi madre y veo la foto, no puedo evitar sonreír al ver al Papa con un bebé mariquita en sus brazos. Mis padres eran miembros del Opus Dei y querían evitar a toda costa que “la sociedad moderna y decadente” corrompiese mi vida.

Durante los primeros años de mi vida, era un niño feliz y sentía una admiración sin límites hacia mi padre. Éramos inseparables y hacía todo lo posible para complacerle y que se sintiese orgulloso de su hijo. Mis padres me inscribieron en el colegio Torrevelo (un centro del Opus Dei en Santander) y estaban encantados porque era uno de los alumnos más brillantes. Dios estaba omnipresente en el hogar en que pasé mi infancia y adolescencia. Crecí muy aislado de la sociedad. Todas las actividades extraescolares en las que participé eran organizadas por grupos vinculados al Opus Dei. Los niños no podíamos ver la tele ni jugar con videojuegos. A muchos os podrá parecer muy raro, pero como casi todos los niños con los que me relacionaba vivían en las mismas condiciones, a mi me parecía normal.

A partir de los 8 años, mi primo Jesús y yo empezamos a ir a un campamento de verano organizado por La Obra. Mi primo era mi mejor amigo y, para los dos, el campamento era uno de los momentos más esperados del año. A los 13 años mi primo y yo empezamos a masturbarnos juntos. Los dos nos sentíamos culpables y decíamos que no lo volveríamos a hacer pero seguimos pajeándonos todas las noches. Cinco días antes de que terminase el campamento mi padre y mi tío vinieron a recogernos. No sabía que había pasado pero al ver la cara de mi padre me di cuenta que era algo grave. Nunca olvidaré la frialdad de mi padre al decirme “recoge tus cosas que nos vamos”. Le pregunté inquieto que si había pasado algo y el me respondió “tú sabrás si has hecho algo malo”. Me quedé helado. Entré con mi primo en la tienda de campaña para recoger nuestras cosas, y me dijo que le había confesado a uno de los sacerdotes lo que habíamos hecho. Mi mundo se vino abajo. Me puse a llorar como nunca había llorado. No podía controlarme y me hice pis. Al verme en ese estado de desesperación, mi primo salió a buscar a mi padre. Cuando mi padre entró en la tienda, yo estaba tirado en el suelo llorando. Mi padre me dijo en tono serio que me levantara. Me levanté llorando y pidiéndole perdón. El me dijo que dejase de llorar y que ya hablaríamos en casa. Estaba hecho polvo y nada más entrar en el coche me quedé dormido. Al llegar a casa, nada más abrir la puerta, vi a mi madre que nos estaba esperando. Al verla, rompí a llorar y le pedí perdón por lo que había hecho. Mi madre me abrazó y me decía cosas cariñosas para intentar consolarme. Mi padre interrumpió ese abrazo con mi madre pronunciando una frase que nunca olvidaré: “sigue tratándole así que nos va a salir maricón, como tu hermano”. Me quedé helado. Mi padre me ordenó que me fuese a la cama y me dijo que ya hablaríamos. Me metí en la cama y en lo único que podía pensar era que mi tío Miguel, al que sólo había visto un par de veces en mi vida, era maricón. Aunque en esa época de mi vida no hubiese reconocido de ninguna manera que era homosexual, me sentí inmediatamente identificado con mi tío Miguel. La revelación de la homosexualidad de mi tío despertó en mi una gran curiosidad hacia ese familiar que vivía en Inglaterra y del que se evitaba hablar en nuestra familia. Pasé casi toda la noche pensando en él y tardé mucho en poder dormir. Esa noche no podía imaginarme lo mal que lo pasaría los próximos cuatro años y lo importante que sería en mi vida mi tío Miguel.

La mañana siguiente me sentía fatal. No había dormido casi nada y presentía que el día iba a ser muy duro. Mi padre, como todas las mañanas, salió a desayunar y leer la prensa al bar de siempre. Mi madre y yo estábamos acabando de desayunar cuando llegó mi padre. Entró en el salón y me dijo que me diese prisa porque nos íbamos, ya que teníamos que hablar de muchas cosas “entre hombres”. Recuerdo que era la cosa que menos me apetecía del mundo. Me sentía sin fuerzas y, francamente, estaba acojonado. Mi madre debió de darse cuenta porque, antes de salir por la puerta, me abrazó y me susurró al oído que me tranquilizase porque lo hacían por mi bien. Mi padre era psiquiatra y me llevó a su despacho. Os ahorraré los detalles del sermón que me soltó. El caso es que, al cabo de una hora de contarme lo horrible que es la homosexualidad y lo infelices que eran sus pacientes homosexuales, me hizo jurar con la mano sobre el crucifijo de mi primera comunión que no volvería a ceder a las pulsiones homosexuales. Nos arrodillamos y rezamos juntos, y al levantarnos puso su brazo sobre mi hombro y dijo “mi hijo será un hombre como Dios manda, de eso me encargo yo”.

Lo cierto es que la relación entre mi padre y yo nunca volvió a ser la misma. Por mucho que rezaba y que juraba que nunca lo volvería a hacer, cada vez me sentía más atraído por los hombres. Cuando me quedaba solo me pajeaba como un condenado. Cuanto más me reprimía más salido estaba. No paraba de mirar los culos y los paquetes de los compañeros de clase. Me volvía loco en el vestuario viéndoles en calzoncillos y luego me mataba a pajas. Me imagino que la mayoría de los chicos de mi clase también harían lo mismo pensando en las chicas, pero la diferencia es que yo me sentía sucio y culpable. Según pasaba el tiempo, me sentía cada vez más solo. Sabía que no podía contar con mis padres para ayudarme y en el colegio la situación se volvió insoportable. Alguien divulgó el rumor de que era maricón y los compañeros de clase empezaron a putearme. Al principio eran insultos en el recreo y pintadas “Fernando maricón”. Yo sabía que si les decía algo a mis padres podrían sospechar y no les dije nada. Pero un grupo de chicos se propuso hacerme la vida imposible. Pasaron de los insultos a las collejas y las patadas. Un día, al entrar en clase vi como todos me miraban y se reían. Al ir a sentarme vi que habían dibujado una polla en mi silla. Hice como si no lo hubiese visto y me senté mientras se reían. Durante la clase oía los comentarios homófobos y las risas. Yo era un chico muy tímido y reprimido. La única visión de la vida que tenía era la que me habían enseñado en casa y en el colegio. Recuerdo, por ejemplo, que cuando empezaron a salirme pelos en los sobacos y los genitales me sentía sucio y muy avergonzado. En el fondo, me parecía normal ser humillado por mis compañeros por ser homosexual.

Fueron unos años horrorosos que destrozaron mi autoestima. Un día, me rodearon unos chicos en el recreo y me dijeron que tenía que pelearme con uno de ellos. Como me negué a hacerlo, se tiraron todos sobre mí y me dieron una paliza. Estaba desesperado y necesitaba hablar con alguien. Al llegar a casa, busqué en la libreta de mi madre el teléfono de mi tío Miguel. Cogí dinero y salí a una cabina para llamarle. Entré en la cabina y me costó marcar el número porque me temblaban los dedos. Entre llantos, pude hablar con mi tío y contarle lo que me estaba pasando. Mi tío se quedó muy preocupado y me dijo que vendría a Santander el sábado para verme. Al día siguiente me llamó a casa cuando mis padres no estaban y pudimos hablar más tranquilos. Quedamos que nos veríamos en un bar, sin que lo supiesen mis padres (...)

Para seguir leyendo:

http://www.dosmanzanas.com/2009/04/un-hombre-como-dios-manda.html

Para leer el artículo de El País Semanal, La generación sin armario:

http://www.elpais.com/articulo/portada/generacion/armario/elpepusoceps/20090208elpepspor_9/Tes

miércoles, 15 de abril de 2009

De puntillas alcanzamos...

Recuerda que sabes volar,
que sólo tienes que ponerte de puntillas,
respirar hondo,
tomar impulso con el cuerpo
y desearlo con el corazón.

No es fácil,
ni difícil:
se trata, sencillamente,
de algo que siempre has sabido hacer,
de tu propia naturaleza.

Recuerda que sabes volar:
que sólo tienes que dejar que la memoria
de tu cuerpo y la de tu corazón
se encuentren con tus alas



lunes, 6 de abril de 2009

Si robaran el mapa del país de los sueños...

Tengo miedo que se rompa la esperanza
Que la libertad se quede sin alas
Tengo miedo que haya un día sin mañana
Tengo miedo de que el miedo,me eche un pulso y pueda más
No te rindas no te sientes a esperar


sábado, 4 de abril de 2009

Rosana

Me considero una persona que disfruta con la música, alguién que difícilmente podría sobrevivir sin ella. De hecho, a donde quiera que voy llevo siempre conmigo unas 700 canciones en el iphone, no me separo nunca de mis cascos y aunque esto pueda resultar exagerado o incomprensible, para mi es importante. Una canción para cada estado de ánimo, ya lo decía un anuncio.
Recuerdo el primer CD's que me regalaron. Fue en las navidades de 1997 (yo tenía 9 años) y Rosana acababa de sacar su primer disco; Lunas Rotas (1996). Conocí sus canciones gracias a mi tía Rosi, con la que más tarde iría a unos de sus primeros conciertos, junto a mi madre, en la Plaza de Toros. Creo que poca gente entenderá lo que digo si no ha sido "marcado" alguna vez por la música de un artista, porque lo que yo siento cuando la escucho va más allá del gusto musical. Me inspira respeto, admiración. Me transmite alegría, cariño, optimismo, fuerza y sí, también tristeza... Su música me llega y se queda con la misma facilidad que ella desnuda el alma al cantar. Esa sencillez, esa sonrisa eternamente imborrable que la acompaña junto a la cercanía que siempre sentí que tendría, la semana pasada fue corroborada por una afortunada que tuvo la oportunidad de hablar con ella. Es curioso, justo esa noche yo tenía el móvil apagado. No habría sabido qué decir, tan solo me habría salido un enorme GRACIAS.
Este año saca nuevo disco y desde hace varios meses hay enormes carteles anunciando que dará un concierto el 25 de septiembre en Madrid. No puedo perdérmelo. Después de Lunas Rotas, le siguieron Luna Nueva, Rosana, Marca Registrada, Magia, De casa a Las Ventas, y ahora vuelve con A las buenas y a las malas. En todo este tiempo también ha conseguido crear su propio sello discográfico, "Lunas Rotas", donde promociona a artistas noveles.
Su música, todo un regalo para mi cuerpo y alma, espero que siga acompañándome siempre, a las buenas y a las malas...


viernes, 3 de abril de 2009

Palabras


Hay palabras cuidadas, precavidas. Palabras especiales, cariñosas. Palabras que llegan a lo más hondo, y palabras que se pierden en la nada. Palabras que no se piensan y se dicen, y otras que callan y se guardan. Palabras amigables. Palabras tiernas y tiernas palabras. Palabras amargas. Las hay difíciles y que se esconden. Palabras que calan, que llegan, y otras que enmudecen y se pierden. Palabras peligrosas, palabras con tacto y ternura. Palabras silenciosas. Palabras escritas, dichas, señaladas. Palabras que lo dicen todo y no dicen nada. Palabras enormes y palabras calladas. Palabras. Las hay que corren y bailan y vuelan y danzan! Palabras deseadas y otras prohibidas. Palabras rechazadas. Palabras que lloran, amargan. Palabras en idiomas. Palabras malsonantes, malas palabras. Palabras que tiritan, palabras miedosas que asoman. Palabras invisibles, crueles, frías y con trampa. ¡Palabras, palabras, palabras! Banales y con sentido. Palabras que llenan y entusiasman. Palabras sinceras, buenas palabras. Palabras que persiguen, y otras que no descansan. Las hay verdes, amarillas, rojas y moradas. Palabras para todos.
...pero siempre palabras, poderosas palabras...

Organiza tu rabia


...controla tus celos, supera tus miedos...



FOTO: Sandra Rodríguez Poveda