sábado, 14 de abril de 2012

Enso (o como tatuarse el vacío que todo lo llena)


Espacio profundo del silencio, puerta hacia la inmensidad del recogimiento, salida que se hace entrada. Así el arte expresa y da forma a lo singular del hombre pero también a ese universo cósmico que lo incluye y donde ambos terminan por reconocerse como semejantes.

Así el trazo de la caligrafía zen, se destaca por su simplicidad transformándose en una manifestación del misterio. Inicio y fin en una conjunción de eternidad y que en el budismo se le da el nombre de Nada. Figura geométrica, abstracta, que se desliga, aunque incluye todos los aspectos del ser y que se van desplegando y encarnando en la realidad desde su centro vacío.

Indiferenciación indistinta y por esto de infinitas posibilidades y potencialidades. Pero por ello punto de la mismidad, de desarrollo de la personalidad en un proceso de encuentro y aceptación consigo mismo y con las circunstancias que a cada cual le tocan.

Círculo que hace percibir, sentir al yo sus imágenes simbólicas como una dirección hacia una integración con aquello de lo cual procede y que es el sí-mismo. Reconciliación de los opuestos que ya no se desgarran en una lucha de disociación sino que otorgan dinamismo, afectividad y realización.

Suavidad de trazo y en donde yo mismo me hago trazo en las curvas de esa centralidad. Simplicidad y máximo valor vital, de lo claro y de lo oscuro, de la Nada y del Todo. Aproximaciones susurrantes al hombre a través de las religiones, en especial las orientales como el zen, pero también en el soñar, en fantasías y visiones donde esas imágenes interiores se acoplan con lo externo de la forma artística. Sendero hacia la unificación y que hacen sentir su presencia en los momentos de desorientación y de angustia.

Está al comienzo de llegar a ser sí mismo pero también como meta al ser asumida concientemente. Símbolo de la divinidad según distintas tradiciones, de la totalización del hombre como sentido y significado de su existencia. Origen y objetivo, trascendencia y enraizamiento.

Constancia del fluir en un olvido de sí donde se es uno pero también todo. El círculo de la caligrafía pareciera producir un efecto hipnótico, de un dejarse llevar según el movimiento de su trazo. Así se toca de alguna manera lo absoluto de la eternidad, depojándose de intereses, pensamientos y sentimientos de la cotidianeidad yoica. Retorno a sí en tanto me olvido de mí. Dejarse llevar por la suavidad del ritmo del mar; orgasmo donde soy yo pero también la otra.Vuelta al orígen, pero para desde allí recrearse concientemente.

Suavidad y dureza, dulzura de lo amargo; lo conciente y lo inconciente. Experiencias que se acercan a lo místico, a los momentos supremos del amor erótico, de un disolverse en los sonidos de esa música o en el color de verde lujuriante de aquella pintura.

Instante de la permanencia, satori, según los maestros zen, delicias del eros, según otros. Escucha de lo que no es audible y oscuridad de extrañísima luminosidad. Pisadas dejadas por otros en la arena, brillantez que irradia tu carnalidad corpórea. Silencio de la palabra que me atraviesa y al matarme me da nueva vida.

Figura de circular trazo que expresa sentidos infinitos, de realización del hombre y de ese centro de mismidad del cual emana el Todo. Ojo de Buda, Vacío de la Nada, acción en la no acción, sentido, espontaneidad, liberación del yo y paso al centro que es el sí-mismo.

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