Aquella tarde se vistieron de invisibles y decidieron nadar en el cielo de cada charco que había en el suelo. Ultimaron los detalles insignificantes que marcarían el viaje y tuvieron claro que solo planearían cuando de volar se tratase. Le dijo que la agarrara fuerte y ella contestó que no la dejaría escapar. Se prometieron silencios, se regalaron miradas; pactaron vivirse hasta que el Sol se apagara. Mientras, la marea mojaba las palabras de las cosas sentidas que no podían ser creídas ni asimiladas. Sintió miedo, y quitándole el miedo le quitó los calcetines; pronto se fueron confundiendo hasta morir de amor y hambre.
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